Crítica de “El viaje íntimo de la locura”, de Roberto Iniesta
Portada del libro "El viaje íntimo de la locura", de Roberto Iniesta.
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TANIA LEZKANOTítulo: El viaje íntimo de la locura
Autor: Roberto Iniesta
Año: 2009
Editorial: El Hombre del Saco (Gernika, Bizkaia)[/b]
Si digo
Roberto Iniesta, más de uno dirá “¿Quién es ese?”. Pero si digo el
Robe, se encenderá una bombilla que dirá “Ah, sí, sí, el de
Extremoduro, ¿no?”. Pues sí. Roberto Iniesta, alma máter de uno de los grupos de rock que han pasado a la historia por la calidad de su música y la particularidad de sus letras, es el autor de este
libro que vio la luz en
septiembre de 2009, hace más de un año. Su título,
El viaje íntimo de la locura, da que pensar. El propio autor manifestó su deseo de que no se divulgara demasiado el
argumento de la novela, ya que esto, generalmente, empeora la sensación con la que puede quedarse el lector después de terminarla. Y no le falta razón. De hecho, en la contraportada no aparece argumento alguno, sino la descripción de una situación en la que utiliza la metáfora de un cerezo. Así pues, comparto con vosotros aquí una crítica literaria centrada más en la forma que en el contenido.
En el jardín hay un cerezo dormido, pero parece muerto. Este otoño comenzó a sentirse apático, y la dejadez se apoderó de su espíritu. La vida, cansada de verle abúlico y desastrado, decidió que lo mejor sería que se tomaran un tiempo para reflexionar sobre su relación, y se marchó de vacaciones, dejándole en un estado de abatimiento que hizo que se fuera consumiendo poco a poco hasta que acabó por convertirse en lo que es ahora: el aletargado esqueleto de un cerezo; una osamenta de madera clavada al suelo, que sólo espera que regrese la vida. Bajo esa contraportada, puede decirse que se trata de una novela sin demasiada acción, lo cual, por lo general y en cualquier otra novela, puede resultar a la larga aburrido. Sin embargo, el autor logra mantener la tensión de la situación y que el lector continúe con ganas de seguir leyendo, más que por lo que pueda suceder, por hallar la causa de todo el trajín. El protagonista principal -por no decir único- es
don Severino, un notario atrapado en su rutina, que nunca ha roto, y para quien el “ahora” no existe, sino que todo se reduce al “siempre”, que, al igual que el “mañana”, nunca llega. Un día comienzan a suceder una serie de cosas que destrozan esta rutina, hasta el punto de cambiar por completo su vida. Sucesos extraños, todo hay que decirlo, pero que encierran en sí mismos un porqué de todo, una reflexión que pretende transmitir el autor. Sí, se trata de una
novela surrealista, pero encierra los pensamientos y sentimientos del propio autor, a través de su particular lenguaje, el mismo que utiliza en las letras de Extremoduro, aunque exento, como es lógico, de las palabras más soeces y malsonantes. Al contrario, utiliza un
vocabulario cuidado y exquisito, que detalla a la perfección cada momento narrado. Mención especial merece la capacidad de penetrar en la mente del protagonista y de realizar semejantes
diálogos internos, que recuerdan a lo que hacía
Unamuno con sus personajes.
Otro punto a destacar es la importancia que se otorga a la
naturaleza, hasta el punto de tratar a sus elementos como personajes.
El Sol, la Luna o las estrellas se convierten en algún momento de la novela en aliados del protagonista, así como el gran cerezo que reina en el jardín. Dejo que disfrutéis con un fragmento de este tipo. En este caso se trata de la descripción de un
cerezo en flor y la pasividad del ser humano ante tanta belleza:
El cerezo se ha despertado. Ya había renunciado a todo; se sentía demasiado viejo para nada y se había preparado para el final. Se había resignado a no volverla a ver, pero abrió los ojos y allí estaba ella: la vida; caprichosa, sin dar explicaciones, como ella siempre ha sido. Se ha presentado con más ganas que nunca, y el reencuentro ha sido el más apasionado y exuberante que hayan tenido jamás. El cerezo entero es una fiesta de flores blancas. Don Severino, a pesar de haber salido todos los días para hacer sus mediciones, no ha visto las flores. Sabe que están. Ocurre cada primavera.Por otra parte, encontramos las ya mencionadas
reflexiones, como el hecho de cumplir un deseo, que, en ese momento, pasa a dejar de ser un deseo:
No transcurría un invierno sin que don Severino se hiciera la firme promesa de arreglar el jardín en la siguiente primavera, y no había llegado el verano que viera cumplido el sueño. Por eso el deseo permanecía vivo, porque un sueño es un deseo que desaparece si se deja coger. Un sueño cumplido es un deseo muerto. Por último, y para ir finalizando, como parte de esta crítica personal, recomiendo
leer esta novela solo a quien tenga tiempo y quiera disfrutar de él, a alguien que quiera leer sin prisas y esté dispuesto a reflexionar sobre la importancia del presente y lo absurdo que es
pre-ocuparse -como dice el autor- por el futuro. Es una expresión del famoso
carpe diem elevada a la máxima potencia mediante un argumento novelado. Y nos vamos sin comentar apenas el contenido, ya que estoy de acuerdo con el autor en que, en muchas ocasiones, es mejor leer algo sin saber de qué va. Y, si él no lo ha contado, no seré yo quien lo destripe. Solamente puedo decir que la portada es una de las escenas más importantes de la historia.